La Martino Orquesta Típica Presenta Tiempo de Amar o Morir

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La Martino Orquesta Tipica - Foto: Camila Verón
Foto: Camila Verón

Con más de una década de trayectoria, La Martino Orquesta Típica presenta Tiempo de Amar o Morir, un disco que profundiza la identidad sonora construida por la agrupación dirigida por Nehuén Martino. Con una formación de quince músicos en escena, la orquesta combina la tradición de las típicas de los años cuarenta y cincuenta con una búsqueda contemporánea marcada por la guitarra eléctrica, dos voces femeninas y una fuerte impronta compositiva.

Radicada en Buenos Aires y con una nominación a los Premios Gardel en 2017, La Martino consolidó un lenguaje propio dentro de la escena actual del tango. En este nuevo trabajo, las canciones recorren paisajes urbanos, vínculos atravesados por la pérdida y una mirada sensible sobre el presente argentino.

En esta entrevista para Tango21, Martino reflexiona sobre el proceso creativo del disco, la evolución estética de la orquesta, el trabajo junto a poetas contemporáneos y los desafíos de sostener un proyecto colectivo e independiente en el contexto cultural actual.


Tiempo de Amar o Morir es un título contundente, casi un ultimátum existencial. ¿Desde qué lugar personal y político llegaste a ese nombre? ¿Hay un momento concreto, una imagen, una crisis, que disparó esta obra?

Es una respuesta un poco larga, pero voy a tratar de resumirla. Primero que nada, hay un vals que se llama Era un tiempo de amar o morir. En realidad, esa obra la hicimos con Mariano Pini entre 2014 y 2015 y originalmente se llamaba Naufragio. Después descubrimos que ya existía un tema de Alejandro Guyot con ese título, así que decidimos cambiarlo.

Cuando pensé este disco, que coincidía con los diez años de la orquesta, me pareció interesante recuperar esa obra después de casi una década. Entonces Pini propuso rehacerla por completo: cambió el título y escribió una letra nueva.

Lo curioso es que, en un principio, yo había compuesto la música sobre una letra que él me había enviado para Naufragio. Más tarde, él volvió a escribir la letra a partir de la música. Nunca supimos bien qué apareció primero, si la música o la palabra. Pero, de algún modo, esa obra terminó dándole nombre al disco, porque el espíritu de todas las canciones dialoga con esa idea.

Temas como El Rey de Constitución también se relacionan con ese universo. Pini escribió una novela ambientada en Constitución, y varias canciones del disco están atravesadas por esa atmósfera urbana y áspera. La estética general del álbum remite a ese paisaje y, también, a los tiempos que vivimos: una época sin demasiados matices, donde parece que todo se vuelve extremo.

“Amar o morir” sintetiza esa sensación. Tiene que ver con el contexto actual, pero también con la historia de la orquesta. La Martino atravesó más de diez años de trabajo, sosteniendo un proyecto colectivo en condiciones muy difíciles. Mantener viva una orquesta típica independiente requiere una convicción enorme; en cierto punto, es amar profundamente esto o dejarlo morir.

El título fue una sugerencia de Pini. Se lo propuse a mis compañeros y a todos les gustó enseguida. Incluso ya habíamos usado esa idea en un espectáculo que hicimos juntos para celebrar nuestros diez años de duó, trabajo entre música y poesía.

Creo que el nombre resume muy bien el tiempo que estamos atravesando: un tiempo de amor, de tensión y de resistencia. La orquesta nació y creció en años complejos —crisis económicas, cambios políticos, pandemia— y todo eso inevitablemente atraviesa nuestra música. Surgimos en un contexto muy difícil para desarrollar un proyecto cultural independiente.

Por eso, para nosotros, la idea es clara: si no amamos este proyecto, el proyecto se muere.


Los títulos de los temas —Rotos de Amor, Baraja Muerta, El Rey de Constitución, Paisaje Gris, Curda de Espinas, La Rabona, Era un tiempo de amar o morir— construyen un mapa muy porteño y muy crudo. ¿Con quiénes trabajaste las letras en este disco y cómo fue ese proceso creativo conjunto?

Siempre entendí al tango como un lenguaje de contrastes: blanco o negro, tensión o calma, staccato o fraseo ligado, intensidad o intimidad. Hay algo extremo en su manera de expresarse, y eso también dialoga con la idea de amar o morir que atraviesa el disco.

De algún modo, el tango también refleja la idiosincrasia argentina. Vivimos en una lógica de cambios bruscos, de pasar rápidamente de un extremo al otro, y esa intensidad emocional aparece naturalmente en las letras y en la música.

En este disco trabajé principalmente con las letras de Pini, que fueron guiando gran parte del universo narrativo. También hay una participación de Robert Stella, cuya escritura aportó otra sensibilidad dentro del mismo clima poético. El proceso creativo fue bastante orgánico: las letras iban marcando imágenes, personajes y atmósferas, y desde ahí yo componía o desarrollaba la música.

Muchas de las canciones nacen de experiencias compartidas, del contexto social y de lo que implica sostener un proyecto artístico en Argentina. Hay una idea de entrega absoluta que atraviesa el disco: la sensación de que, si no te comprometés por completo, el proyecto no sobrevive.

Ese “abismo del olvido” del que habla el dossier también aparece ligado a la realidad cultural actual. La falta de apoyo, la escasez de espacios y la dificultad para sostener proyectos independientes generan un clima de incertidumbre permanente. Eso impacta no solo en la creación artística, sino también en los vínculos dentro de la escena.

Por eso las canciones tienen ese tono áspero y urbano: hablan de una experiencia concreta, de una forma de resistir y de seguir creando aun cuando todo parece estar al límite.


De la nominación al presente: Desde la nominación a los Premios Gardel en 2017 por su primer disco, ¿qué transformaciones notás en tu lenguaje compositivo al llegar a este tercer trabajo de estudio?

Hubo muchísimas transformaciones, aunque muchas veces uno no las percibe del todo desde adentro. A veces son los propios músicos de la orquesta o quienes siguen el proyecto desde afuera los que señalan ciertos rasgos y dicen: “esto suena muy a La Martino”. Ahí uno empieza a reconocer que, efectivamente, se fue consolidando una identidad.

La orquesta atravesó distintas etapas, y yo también. Cambiaron las búsquedas, los intereses y la manera de pensar el sonido. Desde el comienzo hubo una referencia muy fuerte en la estética de Gobbi, algo que en el primer disco todavía aparecía de forma parcial, pero que con el tiempo se volvió más evidente y estructural.

En los trabajos posteriores se fue afirmando una manera particular de escribir para la orquesta, sobre todo en el tratamiento de los bandoneones, ciertos arrastres rítmicos y una forma muy específica de construir la tensión. Son elementos que hoy identifico como parte del lenguaje propio de La Martino.

También hubo una evolución armónica y rítmica. A medida que pasan los años cambian los músicos, y eso modifica inevitablemente la escritura. Cada formación tiene sus posibilidades, sus virtudes y su energía. Componer para una orquesta es, en parte, escribir para las personas concretas que la integran en cada momento.

Con el tiempo, además, fui trabajando con músicos cada vez más versátiles, y eso me permitió explorar arreglos más complejos, nuevas texturas y mayor profundidad en la composición.

Un punto de inflexión importante fue la composición de la Sinfonía Estelar Tanguera. Ese proyecto apareció en paralelo a este disco y dejó una huella clara en mi manera de escribir. Después de atravesar una obra sinfónica, cambió mi relación con la forma, las armonías, el color orquestal y el desarrollo melódico.

En este disco hay varias piezas donde esa influencia aparece de manera evidente. Temas como El Rey de Constitución, Baraja Muerta o Rotos de Amor tienen una construcción más expansiva y narrativa, vinculada a esa experiencia sinfónica.

Al mismo tiempo, hoy también siento la necesidad de volver a ciertos elementos más canyengues, más ligados a la raíz del tango. Pero incluso ese regreso ya ocurre desde otro lugar: después de doce años de recorrido, el lenguaje cambia, aunque el núcleo siga siendo el mismo.

Creo que La Martino fue encontrando una identidad propia a partir de esas transformaciones, siempre orbitando alrededor de una misma búsqueda estética.


Victoria Tolosa y Alexandra Vega reparten los temas cantados de manera muy precisa: cada una tiene su propio grupo de canciones. ¿Esa asignación responde a criterios dramáticos, de registro, de carácter poético? ¿Cómo construiste esos mundos vocales diferenciados dentro de un mismo disco?

Sí, hubo una combinación de criterios emocionales, artísticos y también prácticos. En algunos casos, la elección de quién cantaba cada tema estuvo muy ligada a la historia detrás de la canción.

Por ejemplo, en Rotos de Amor, la voz de Victoria Tolosa surgió casi de manera natural. La letra nace de una experiencia personal vinculada a una separación que yo atravesé hace varios años. En su momento compartí esa historia con Pini, quien luego escribió la letra, y también con Vicky, que conocía de primera mano todo ese proceso emocional.

Además, durante ese período Alexandra Vega estuvo alejada de la orquesta por cuestiones de salud, y Vicky ocupó ese lugar durante varios meses. Ella atravesó de cerca ese momento personal y artístico, por lo que terminó siendo la intérprete indicada para esa canción. Más que una decisión tímbrica o técnica, fue una elección profundamente emocional.

Victoria Tolosa

En el caso de Alexandra, hubo canciones pensadas especialmente para ella. En ese momento estaba estudiando canto lírico y tiene una conexión muy fuerte con las letras de Pini, algo que influyó en la construcción de determinados temas. Algunas piezas fueron trabajadas teniendo en cuenta su registro, su sensibilidad interpretativa y la manera en que podía apropiarse del texto.

Después también hubo una distribución más equilibrada y práctica dentro del disco, para que ambas voces tuvieran presencia y construyeran recorridos propios. Victoria interpreta canciones como Paisaje Gris y Curda de Espinas, mientras que Alexandra participa en temas como Era un tiempo de amar o morir y Baraja Muerta.

De todos modos, esa asignación no es rígida. En vivo solemos rotar repertorio y ambas cantantes interpretan distintas piezas según el concierto. Para la presentación oficial del disco sí respetaremos las versiones originales grabadas, pero la dinámica de la orquesta permite que esas canciones circulen entre ambas voces.

Alexandra Vega
Alexandra Vega

La guitarra eléctrica de Leandro Antognolli, presente en todos los temas, es uno de los rasgos más distintivos de La Martino. Once años después de haber fundado la orquesta juntos en el Espacio Cultural Benigno, ¿cómo definirías el rol de Leandro en la identidad sonora de la orquesta hoy?

Leandro es uno de los pilares históricos de la orquesta. Está desde los comienzos y su presencia fue decisiva en la construcción de la identidad sonora de La Martino. Más allá de lo humano y del recorrido compartido, la guitarra eléctrica ocupa un lugar muy particular dentro del lenguaje del grupo.

En muchas orquestas, la guitarra funciona principalmente como acompañamiento rítmico. En nuestro caso, nunca la pensamos así. La guitarra de Leandro tiene un rol melódico y tímbrico: aporta color, dialoga con el piano y los bandoneones, duplica líneas, refuerza climas y amplía la paleta sonora de la orquesta.

Su instrumento no trabaja desde el marcato tradicional, sino desde una lógica más cercana a la textura y a la construcción de capas. La guitarra eléctrica —especialmente desde una estética cercana al jazz— aporta un sonido más limpio y definido, que permite integrarla como una voz propia dentro del arreglo.

Eso también vuelve distintiva a La Martino, porque no son muchas las orquestas típicas que incorporan guitarra eléctrica de manera estructural. En nuestro caso, no es un agregado decorativo, sino una parte central del sonido.

Además, Leandro cumple un rol importante por fuera de la interpretación. En los últimos discos trabajamos juntos en la edición y producción previa a la mezcla, y participa activamente en distintos aspectos del proyecto. Incluso realizó la tapa del primer disco.
Como sucede en muchas orquestas independientes, cada integrante aporta más allá de lo estrictamente musical. En el caso de Leandro, esa participación atraviesa tanto la dimensión artística como la producción y la construcción integral de la identidad de la orquesta.


Resistencia y permanencia: Definís al tango como un «acto de resistencia cultural» frente a la incertidumbre. Como director de una formación de 15 artistas en escena, ¿cómo se gestiona la sostenibilidad de una orquesta típica en el contexto actual de Buenos Aires?

Te voy a responder con total honestidad: hoy La Martino se sostiene, en gran parte, porque dejó de ser solamente una orquesta para convertirse en una institución afectiva y artística para quienes la integran. Después de más de doce años de recorrido, ya existe una identidad consolidada, una historia compartida y una pertenencia que excede lo estrictamente musical.

Si tuviera que empezar un proyecto así desde cero en el contexto actual, sería muchísimo más difícil. La orquesta nació en un momento distinto, cuando coincidieron ciertas condiciones que permitieron su desarrollo: existía un espacio como el Espacio Cultural Benigno, había lugar para ensayar, más circuitos para tocar y un ecosistema cultural un poco más favorable para sostener proyectos colectivos.

Con el tiempo, La Martino construyó una base propia. Hoy siento que la orquesta no desaparecería por desgaste o por falta de contexto, sino únicamente por una decisión consciente de dejar de hacerla existir. Eso tiene que ver con el recorrido, con la permanencia y con el vínculo que se generó entre los músicos y el proyecto.

También creo que la música misma sostiene al grupo. Hay personas que quieren formar parte de la orquesta, y quienes están dentro sienten un compromiso real con ella. No es solamente un espacio de trabajo artístico; es una comunidad.

Ahora bien, el contexto económico y cultural actual es extremadamente difícil.

Sostener una formación independiente de quince músicos implica enfrentarse a una realidad donde cada vez hay menos recursos, menos espacios y menos posibilidades concretas de desarrollo. Muchas veces los proyectos culturales no generan ingresos suficientes, y eso obliga a convivir con otras formas de trabajo para poder sostenerlos.

Sin embargo, paradójicamente, en los momentos más complejos también aparece una necesidad más profunda de hacer música.

Cuando el contexto es adverso, el arte deja de ser solamente una actividad y se convierte en un refugio, en una forma de resistencia y en una herramienta para sostenerse emocionalmente.

Creo que ahí aparece la idea de “acto de resistencia cultural”. No porque haya una épica romántica detrás, sino porque seguir reuniéndose, ensayando y creando en un contexto adverso ya es, en sí mismo, una forma de resistencia.

La orquesta existe porque hay una convicción colectiva de que vale la pena seguir haciéndola, incluso cuando las condiciones materiales parecen ir en sentido contrario.


Se estrena en 2026. ¿Hay algo en el contexto político, social o cultural de este año en particular que sientas que vuelve a este disco especialmente necesario? ¿O es un título que podría haber funcionado en cualquier momento de la última década?

Primero, una aclaración: el disco salió el 1 de diciembre de 2025, por eso fue considerado dentro de ese año y quedó nominado a los Premios Tango Siglo XXI. La presentación en vivo se realiza en 2026 por una cuestión logística y presupuestaria. La idea original era terminarlo antes y estrenarlo junto al aniversario de los diez años de la orquesta, pero los tiempos de mezcla, edición y producción fueron demorando el proceso.

De hecho, es curioso: aunque nació como el disco de los diez años, terminó publicándose cuando la orquesta ya había cumplido once y se preparaba para transitar su duodécimo año. Pero eso también habla de cómo funcionan los proyectos independientes: muchas veces los tiempos artísticos y los tiempos materiales no coinciden.

Respecto a la pregunta, creo que Argentina tiene algo profundamente atemporal. Muchas veces uno ve películas, series o relatos de distintas décadas y siente que hablan del presente. Hay ciertos climas sociales, tensiones económicas y ciclos históricos que parecen repetirse constantemente.

Por eso siento que este disco podría haber dialogado con distintos momentos de la historia argentina reciente. No está pensado como una obra explícitamente política, aunque inevitablemente el contexto atraviesa todo lo que hacemos.


Las letras, en su mayoría, hablan de vínculos, de pérdida, de amor y desamor. Pero esas experiencias también están condicionadas por el tiempo en que vivimos. Canciones como El Rey de Constitución dialogan con una mirada sobre la ciudad, sobre ciertos territorios urbanos y sobre cómo esos espacios cambian con el paso del tiempo.

Incluso una pieza instrumental como La Rabona remite a algo muy argentino: la idea de la gambeta, de arreglárselas, de encontrar una salida creativa en contextos adversos.

Por eso creo que el disco no pertenece únicamente a 2025 o 2026. Podría haber sido concebido en distintos momentos de las últimas décadas, porque habla de emociones y tensiones que, en Argentina, parecen reaparecer una y otra vez.


Tiempo de Amar o Morir es el cuarto disco de estudio. ¿Sentís que con este trabajo cerrás un ciclo o abrís uno nuevo? ¿Hacia dónde va La Martino sonoramente en los próximos años?

En principio, ya está confirmado el quinto disco de La Martino, que será Sinfonía Estelar Tanguera. Actualmente está en etapa de postproducción: estamos trabajando la edición junto a Leandro Antognolli y luego comenzará el proceso de mezcla. Es un trabajo largo, porque se trata de una obra extensa —cerca de una hora y media de música— y requiere mucho tiempo de escucha, corrección y maduración.

Más allá de lo presupuestario, hay algo que tiene que ver con los propios tiempos de producción. Después de muchas horas de edición, necesitás tomar distancia, dejar reposar el material y volver a escucharlo con otra perspectiva. Ese proceso lleva tiempo y es parte fundamental del resultado final.

En relación con la pregunta, no siento que Tiempo de Amar o Morir cierre una etapa, sino que abre una nueva. De alguna manera, este disco convive con una transición que ya veníamos atravesando en la orquesta.

Mi objetivo para los próximos años es que La Martino desarrolle dos líneas de trabajo bien definidas. Por un lado, un formato de concierto más conceptual y orquestal, ligado a obras como la Sinfonía Estelar Tanguera o futuras composiciones de gran escala.

Ahí aparece una búsqueda más narrativa, más cercana a la idea de suite o de concierto temático.

Por otro lado, quiero profundizar una línea más milonguera y canyengue, orientada al baile y a una relación más directa con el pulso del tango tradicional. Ya estoy escribiendo material nuevo en esa dirección.

No significa abandonar una estética para adoptar otra. Ambas forman parte de la identidad de La Martino, pero responden a distintos modos de escuchar y de habitar la música. La línea sinfónica tiene un desarrollo más expansivo, con mayor libertad formal, más espacio para los solos y una construcción más atmosférica.

La otra propuesta busca una energía más directa, más ligada al tango reconocible y a la dinámica de la pista.

En estos últimos años estuvimos reconstruyendo y renovando repertorio, porque gran parte del material anterior era previo a la pandemia. Ahora siento que la orquesta está entrando en una nueva etapa creativa, con proyectos claramente diferenciados.

Por eso, más que cerrar un ciclo, este disco funciona como un punto de partida hacia lo que viene. Incluso ya imagino un sexto disco, orientado específicamente a esa búsqueda más milonguera.

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