Cuando el tango suelta el género

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dentro de la silenciosa revolución del baile

En la pista de baile, a primera vista, nada parece revolucionario. Un abrazo. Una caminata lenta. Un giro, una pausa. El tango siempre se ha construido más desde la contención que desde el espectáculo. Y, sin embargo, bajo su elegancia se esconde uno de los sistemas de roles más rígidos de la danza en pareja: uno conduce, el otro sigue. Tradicionalmente, el hombre guía. La mujer responde. En la escena tanguera de Londres, ese código está empezando a moverse.


Para entender por qué, conviene volver a los orígenes del tango. A comienzos del siglo XX, en los barrios portuarios de Buenos Aires, el tango nació entre inmigrantes hacinados en conventillos y zonas portuarias. Había muchos más hombres que mujeres, a veces cuatro o siete veces más. El tango no surgió como una danza romántica ni como un ritual de cortejo heterosexual. Era una cuestión de cercanía y de supervivencia. La gente bailaba junta por necesidad.


Con el tiempo, cuando el tango viajó a Europa y se volvió socialmente respetable, fue reformulado como una danza de pareja heterosexual. Los roles se endurecieron. El hombre invitaba con un leve cabeceo; la mujer aceptaba. Él conducía. Ella seguía. Lo que había comenzado como un arreglo práctico pasó a sentirse natural, incluso inevitable.


Esa idea todavía, hoy, tiene fuerza. Pero en una pista de Londres, dos mujeres bailan juntas —de forma oficial, visible y sin pedir permiso. Oa conduce. Judith sigue. Cada paso que dan cuestiona en silencio un siglo de supuestos.

“Cuando competimos o actuamos, se me evalúa como una mujer que baila un rol tradicionalmente masculino”, explica Oa. “Para mucha gente eso es difícil de procesar”. Las reacciones son notablemente polarizadas. Algunos responden con entusiasmo: Esto es increíble. Otros —incluidos docentes y jurados— ofrecen consejos contradictorios. “Algunos me dicen que enfatice el hecho de que soy mujer, que use mi feminidad. Otros dicen lo contrario: si tomás el rol del hombre, entonces sé un hombre. Más fuerte. Más enraizada”.

No hay terreno neutral. Todo el mundo parece tener una opinión.

Lo que Oa está atravesando no es solo una cuestión coreográfica, sino identitaria. “Todavía estoy buscando mi danza como líder”, dice. “¿Uso mi ser mujer? ¿O intento volverme más hombre? ¿Dónde está el límite?”


Su compañera Judith ha visto cómo la percepción cambia con los logros. “Al principio la reacción era casi condescendiente: ‘Ah, dos chicas lindas juntas’. Pero cuando volvimos con más resultados, la gente empezó a tomarnos en serio. El respeto llegó con los resultados”.
Desde 2013, las competencias oficiales de tango están abiertas a parejas del mismo sexo. En 2023, una pareja femenina queer llegó a las semifinales del Mundial de Tango. El progreso es visible, aunque sigue siendo condicional, muchas veces atado a la excelencia más que a la aceptación.


Aun así, ni Oa ni Judith se ven a sí mismas como símbolos. “La gente nos pregunta si representamos al tango LGBTQ”, dice Oa. “No. Bailamos tango. Hay un solo tango. Simplemente somos dos mujeres bailando juntas”.


Más allá de las competencias y las medallas, un cambio más profundo está ocurriendo en estudios y pistas sociales de todo Reino Unido. Para Pablo Cortazzo, maestro de tango argentino con más de quince años de trayectoria desde una perspectiva inclusiva, la cuestión de los roles no se resuelve simplemente intercambiando quién conduce y quién sigue.

“Lo que proponemos es un tango sin roles fijos”, explica. “No porque el género no exista, sino porque la identidad es más compleja que dos categorías”.

Permitir que las mujeres conduzcan y los hombres sigan, sostiene, puede seguir reproduciendo la misma estructura jerárquica. El esquema permanece; solo cambian los intérpretes.


Pablo enseña una forma de tango que invita a cada persona a descubrir su propia manera de habitar el movimiento. “El movimiento en sí no tiene género”, dice. “Todos caminamos hacia adelante, hacia atrás, de costado. Giramos, pivotamos. La mecánica es la misma. La técnica es la misma”. Lo que cambia es cómo cada cuerpo negocia el espacio, la intención y el vínculo.


En sus clases, el tango deja de ser la ejecución correcta de un rol para convertirse en un proceso de autodescubrimiento.

“El objetivo es que cada persona encuentre su propia esencia y construya un rol que le permita expresarla en la pista, en la clase y en la vida”.


Londres, con sus capas de migración y reinvención, se ha convertido en un terreno fértil para este enfoque. Su escena tanguera sigue profundamente ligada a la tradición —los rituales se respetan, los códigos siguen vivos— pero también es un lugar donde esos códigos se reinterpretan en silencio. Las milongas continúan funcionando con etiqueta, pero los cuerpos que las habitan están aprendiendo a moverse de otra manera.


A medida que los roles se difuminan, algo más se vuelve central: la escucha. La negociación. La atención. Conducir deja de ser control para convertirse en propuesta. Seguir deja de ser sumisión para transformarse en elección.


En la pista, los pasos se entrelazan. Las categorías se suavizan. El tango continúa —no desmantelado, no rebautizado, sino ampliado. Sin consignas. Sin manifiestos. Solo cuerpos en movimiento, redescubriendo que la tradición no es un objeto fijo, sino una práctica viva.
Tal vez ahí resida la verdadera transformación: no en rechazar el pasado del tango, sino en recordar que siempre fue más fluido de lo que sus reglas dejan ver.

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