Conversación con Maikel Dobarro
Maikel Dobarro es bailarínx, docente y referente de un tango en constante transformación que se mueve entre tradición, deconstrucción y re-significación. Su trabajo se despliega desde espacios milongueros hasta prácticas performativas y comunitarias que dialogan con perspectivas transfeministas, disidentes y queer.
En su trayectoria, Maikel ha transitado desde los circuitos clásicos del tango hacia abordajes más amplios del movimiento y la pedagogía corporal, incorporando influencias que van desde la danza y las artes del cuerpo hasta las escenas electrónicas contemporáneas. Esta apertura no solo se refleja en su forma de enseñar y bailar, sino también en su participación en proyectos que cuestionan roles, corporalidades y estructuras binarias dentro del tango.
En el marco del Festival Electrotango Buenos Aires, espacio plural que celebra la fusión de sonidos electrónicos con la tradición tanguera y que convoca a artistas, performers y público de todo el mundo, Maikel ofrece un enfoque que extiende el tango más allá de sus convenciones: explorando cómo la escucha, el juego y las nuevas músicas pueden transformar la relación con el movimiento, el vínculo y la comunidad.
¿Cómo fue tu recorrido desde tus primeras experiencias con el tango hasta llegar a un enfoque tan específico como el que presentás en este festival?
Mi recorrido en el tango comenzó hace casi un cuarto de siglo, cuando estaba en segundo año de la secundaria y decidí participar en un taller extraescolar. Con el tiempo, descubrí las milongas más clásicas y emblemáticas y, luego de estudiar en la Universidad Nacional de las Artes, fui deviniendo bailarín. Ese cambio de rumbo hacia un enfoque más escénico y de intérprete, junto con el inicio de mi camino como docente de tango, me llevó a profundizar el entrenamiento de mi danza en general.
A partir de allí, comencé a observar y a interesarme por otras pedagogías del cuerpo. Así fui ampliando mis perspectivas a través de distintas prácticas de investigación y movimiento, siempre con el tango como eje central, casi como una disciplina protagonista de mi vida.
Desde aproximadamente 2018, este proceso también implicó un corrimiento consciente de la escena más conservadora y binaria del tango. Sin dejar de dialogar con la tradición, comencé a habitar, trabajar y activar —no de manera exclusiva, pero sí principalmente— dentro del tango transfeminista y disidente. Este desplazamiento abrió nuevas preguntas sobre los roles, los vínculos, las corporalidades y las formas de transmisión, que hoy son centrales en mi enfoque artístico y pedagógico.

¿Qué influencias (musicales, corporales o culturales) sentís que más impactaron tu estilo de baile y tu forma de enseñar?
Reconozco estar atravesado por múltiples influencias musicales, nacidas de una curiosidad constante y de una fuerte pasión por la música en general.
Y en cuanto a las prácticas corporales, considero fundamentales algunas experiencias formativas: la base del patín artístico en la infancia, los años de taekwondo durante la adolescencia y, ya en mis veintipico, el reencuentro con el cuerpo a través de la danza aérea con arnés.
En los últimos años, además, dos universos muy diferentes tuvieron un impacto particular en mi búsqueda, con un punto en común: lo percutivo. Por un lado, los viajes por Uruguay y Brasil, donde viví experiencias transformadoras vinculadas a las danzas afrobrasileñas y a la manera en que el tango y otras danzas se habitan en esos territorios.
Por otro, el regreso a Buenos Aires y el acercamiento a la “cultura rave”. Aquí participé de un intensivo de prácticas performativas con DJs tocando en vivo, acompañado de lecturas como Raving. Esto me permitió habitar y valorar la experiencia sonora de la música tecno-electrónica y su traducción en el movimiento.
A este entramado se suma, de manera decisiva, el contacto con comunidades, docentes y bailarinas feministas y/o del tango queer. Compartir espacios de formación en estos contextos me permitió aprender otros modos de pensar el cuerpo, los roles, el consentimiento y la relación con le otrx.
Este intercambio constante, junto con el activismo político que implica el diálogo y ejercicio crítico con pares y afectos, ha sido una influencia central en la orientación de mi búsqueda pedagógica. Desde allí, concibo el tango como una práctica vincular y relacional —mayormente en dúo—, pero con un fuerte sentido colectivo y comunitario.
Mi pedagogía propone abordar el movimiento desde una guía sensoperceptiva, utilizando herramientas y estrategias lúdicas que faciliten, de manera progresiva y amable, la propiocepción, la escucha y el diálogo corporal, más allá de los mandatos de género y de las estructuras binarias conservadoras.

¿Cómo sentís que la música electrónica reconfigura la escucha corporal del tango tradicional y qué desafíos plantea para el bailarín?
Siento que, como ocurre con toda música, la electrónica actúa a partir de la carga emocional o afectiva que puede representar o resignificar para cada persona. En ese campo-ciudad sonora, abre nuevos imaginarios cuando pone en tensión una base rítmica histórica con sintetizaciones y alteraciones propias de la vida urbana contemporánea.
Desde ese lugar, el desafío aparece en el vínculo entre lo que se percibe y lo que se expresa y viceversa. En diálogo con las prácticas del tango queer, esta escucha también cuestiona automatismos aprendidos y habilita otras formas de vincularse desde el movimiento.
Se trata de bailar con lo que somos en cada momento, manteniendo viva la tradición a través de su transformación, no porque algo deba ser mejor, sino simplemente porque puede ser diferente.
El electrotango incorpora timbres electrónicos y estructuras rítmicas distintas. ¿Cómo condiciona eso tu manera de escuchar y moverte? ¿Hay algún recurso musical contemporáneo que te desafíe particularmente al bailar?
Más que como un condicionamiento, vivo estas alteraciones como una oportunidad para potenciar otras interpretaciones. Cuando se habilita la improvisación desde esta escucha, aparecen nuevas expresiones del movimiento y nuevas formas de organizar el vínculo, en sintonía con una práctica menos jerárquica y más horizontal.
Tal vez el aspecto que más me desafía sea la poesía de las letras. En ese punto soy algo nostálgico, y me cuesta encontrar composiciones actuales que me conmuevan tan profundamente como lo hacen algunos tangos de Discépolo.

Acerca del workshop Juego de Roles: ¿de qué manera el juego transforma la ruta corporal y narrativa del bailarín?
Parte de esta respuesta ya aparece en lo dicho anteriormente, y otra parte surge de lo que fui observando en distintos talleres y laboratorios de tango: un marco de experiencia lúdica vuelve más permeable la percepción de nuevos lugares posibles.
El juego permite correrse de roles fijos, habilitar intercambios más fluidos y explorar narrativas corporales no predeterminadas. De este modo, potencia otros modos de bailar —incluidos los tangos electrónicos— y favorece rutas corporales más abiertas, flexibles y sensibles al vínculo, al consentimiento y a la escucha mutua.




