Por Andrés Valenzuela
Pasó otra edición del Mundial de Tango (o mejor dicho, de Tango BA, Festival y Mundial de Tango). La competencia, este año, fue más interesante en la categoría Pista que en la de Escenario, de la que solo quedará el recuerdo de una efímera polémica online.
El festival
Las finales del Mundial son apenas el punto culminante de veinte días de intensa actividad tanguera con más de 150 shows, clases, música en vivo, milongas y charlas. Aunque la competencia convoca a 850 parejas, la gran mayoría de la programación pasa por otro lado.
Este año el Festival profundizó su búsqueda de darle visibilidad a las nuevas tendencias en el tango y eso que llamamos “tango siglo XXI” tuvo dos sutiles homenajes en la inclusión en la programación de El Arranque (que celebra sus 30 años de trayectoria) y el regreso de la Fernández Fierro (que cumple 25).
Además, el ciclo de cuatro shows y otras tantas charlas curados por la organización de los Premios Tango Siglo XXI (los galardones que ofrecen los periodistas especializados a la producción discográfica contemporánea) también habla de una atención a lo que está sucediendo durante el año en la escena tanguera argentina.
Para la danza no todo fue competencia: hubo un muy buen ciclo curado por Ollantay Rojas explorando la renovación coreográfica (y otro con propuestas más conservadoras), una serie de homenajes a milongueros destacados, con grandes bailarines explicando sus técnicas y pasos más icónicos, y un polo muy dinámico con la milonga en la Usina del Arte.

Tango escenario, con poco brillo
La competencia de tango escenario no tuvo mayor vuelo esta edición. La categoría, prácticamente monopolizada por parejas argentinas (que es de donde surgen las principales compañías de baile y de tango-show del mundo) no mostró las ideas que se impusieron en ediciones anteriores, como Mastrolorenzo-Vignau, Casal-Muzyka o incluso Bojko-García en 2025.
Este año el galardón fue para Nicolás Schell y Nair Schinca quienes, aunque técnicamente superlativos, no pasaron de contar lo mismo que sus 19 contrincantes: el habitual encuentro y desencuentro amoroso, narrado con piruetas y un gesto adusto de parte de ambos. Ella, por caso, atraviesa prácticamente toda la coreografía con el ceño fruncido.
Tampoco la música fue muy original este año: abundó Piazzolla, sigue asomando Tango Bardo y metieron cuchara Color Tango o Solo Tango. Hubo, por supuesto, profusión de Forever tango, aunque el espectáculo de Luis Bravo se metió en la competencia por otros motivos.
Antes de la final, un posteo en redes sociales del propio Bravo advertía contra un posible plagio de una de las parejas participantes (que no señaló) que habría copiado una de las coreografías de su espectáculo. En el posteo, argumentó advertirlo por el honor y porque consideraba injusto para las otras parejas que debieran competir “contra una coreografía probada en los escenarios de Broadway y el mundo”. Otros bailarines, como Sebastián Arce, se hicieron eco del posteo, que desapareció de las redes horas después.
En la pista
En la categoría Tango Pista se consagraron Lucas Gauto y Naima Gerasopoulou. Cordobés él, griega ella, muy queridos en el circuito, ganaron una final que se definió por décimas de diferencia.
En esta competencia la cosa está más repartida geográficamente: aunque los argentinos este año ocuparon casi todo el podio –con excepción de la pareja surcoreana London y Sol, ovacionados por el teatro en pleno–, hubo numerosos representantes de Rusia y otros países, aunque también ausencias notables: esta edición no hubo por ejemplo italianos en la final, cuando habitualmente había al menos un par de parejas.
Tampoco hubo representantes del resto de América Latina, a excepción del colombiano Juan David Vargas, quien hace dupla con la argentina Ornella Simonetto.
Aunque Pista es una categoría más bien conservadora, este año la musicalizadora oficial, Lorena Bouzas, propuso una variedad de orquestas –siempre tradicionales– más amplia que años anteriores (aunque todas las parejas debieron enfrentar un D’Arienzo).
También empezó a verse una renovación en los jurados, por ejemplo con la participación de la ex campeona mundial Inés Muzzopappa, de quien se destacó por ejemplo su trabajo con perspectiva de género (verbigracia: baila con la eximia Corina Herrera).
En el baile predominó el abrazo “Villa Urquiza”, habitualmente considerado el más elegante, aunque con un abrazo bastante más cerrado alcanzó el segundo puesto el binomio de Nicolás Palacios e Indira Hiayes.
2026 supuso la segunda entrega del galardón a la categoría Senior, que este año quedó en manos de los también campeones metropolitanos Aldo Romero y Marcela Pilatti. Senior es una subcategoría bastante más a tono con las auténticas pistas milongueras, aunque más no sea porque las edades de sus participantes les limitan los despliegues físicos que practican los jóvenes que compiten en la general.
De hecho, durante la competencia se veía a muchas parejas conteniéndose de tirar pasos “prohibidos”, más propios de una exhibición que de la circulación en la pista.

Conclusión: puentes por construir
La distancia entre la competencia y el Festival sigue siendo abismal. Si hay una cuenta pendiente para TangoBA es el de echar puentes significativos y duraderos en el divorcio que parece haber entre los devotos de la danza y los cultores de la música





